Una mujer se fue al Monasterio para hablar con el Maestro porque tenía muchos resentimientos y no sabía cómo liberarse de ellos.

-“Dime, Maestro, ¿qué puedo hacer para no estar acordándome siempre de las ofensas que me han hecho?” –le preguntó la mujer.

El maestro le sugirió que fueran a dar un paseo por los alrededores del Monasterio. Mientras paseaban se encontraron con un hermoso prado de flores.
El Maestro, señalándolas, le dijo a la mujer:

-“¿Por qué no arrancas una cuantas flores para llevártelas y ponerlas en el jarrón de tu casa?

-“No Maestro, prefiero contemplar la belleza de estas flores en el campo. Si las corto, enseguida se marchitarán en mi casa y las tendré que tirar. Eso me daría más pena”. –respondió la mujer.

-“Sabia elección por tu parte. Prefieres no aferrarte a tener algo bello en tu casa y dejar que las flores muestren su esplendor en su lugar natural. Dime, sin embargo, ¿a qué te aferras cuando sigues acordándote de las ofensas que te hicieron?” –le preguntó el Maestro.

La mujer se quedó un rato en silencio y le respondió:

-“Me aferro a querer demostrar que yo soy mejor persona que el que me ofendió, Maestro.”

-“Tus resentimientos son como las flores marchitas de una casa que se acabarán pudriendo y habrá que tirar. A ti los rencores se te están pudriendo en el corazón, haciéndote daño. Cuando te ofenden necesitas un tiempo para volver a estar tranquilo, pero tú te aferras en mantener los resentimientos en ti porque la ofensa te ayuda a sentirte mejor persona de lo que ahora te sientes.

Deja de aferrarte a demostrarte que eres mejor que el otro y tu resentimiento se calmará” –le dijo el Maestro.

Cuando seguimos con resentimientos viejos, somos nosotros quienes los alimentamos. Pregúntate a qué te aferras con el rencor y encontrarás la llave para liberarte de él.

Belén Casado Mendiluce