Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas en medio de un prado…

Un niño lo amaba mucho, y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba al árbol por las ramas hasta el tope, allí hizo una cabaña, y el árbol le daba sombra cuando bajaba cansado. El árbol amaba mucho a aquel niño.
Pasó el tiempo y el niño creció, como suelen hacer los críos y se olvido de este enorme árbol.

Pero un día, los pasos del joven le llevo al prado del árbol de manzanas y ese le dijo:
– ¡Ooooh vienes a jugar conmigo!
Aquel niño le contestó:
– Ya he crecido y me divierto de otra manera, quiero salir de fiesta con mis amigos y necesito dinero para ello.
– Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero. Sin embargo te sugiero que recojas todas mis manzanas y las vendas. De esta manera obtendrás el dinero para poder salir.
El muchacho muy feliz, tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero para sus menesteres.

Y de nuevo paso mucho tiempo hasta que el muchacho regresara al árbol y este le preguntó:
– ¿Vienes a jugar conmigo?
– No tengo tiempo para jugar. Debo trabajar para mi familia, necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos.
– ¡Lo siento! contestó el árbol, no tengo dinero que darte y de aquí no puedo moverme, bien lo sabes, estar aquí es mi vida.
– Pero si lo deseas puedes cortar mis ramas más robustas y con ellas construir una casa para que vivan.
Así lo hizo, tomó las ramas fuertes y con ellas construyó una casa e hizo un hogar para su familia.

De nuevo aquel hombre se olvido del árbol.
Per un cálido día de verano el hombre regresó. Y el árbol estaba encantado de que lo visitara.
– ¿Vienes a jugar conmigo? Le preguntó el árbol.

El hombre contestó:
– Estoy triste y aburrido. Estoy cansado de trabajar tanto. Quiero un barco para navegar y vivir nuevas aventuras.
– Sabes que estoy aquí sin poderme moverme. Lo más lejos que conozco es lo que puedo ver desde lo alto de mi copa al horizonte.
– Pero toma de mí lo mejor y aprovéchalo para lograr tus sueños dijo el árbol.
El hombre cortó el tronco y construyó un barco. Luego se fue a navegar por un largo tiempo por mares y océanos.

Aquel hombre regreso después de muchos años. Cuando el árbol lo vio se puso muy feliz y le dijo:
– Lo siento mucho pero ya no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas.
El hombre replicó:
– Bahhh! No tengo dientes para morder ya, ni fuerzas para escalar. Ahora ya soy viejo.
Entonces el árbol con lágrimas en los ojos le dijo:
– ¡Espera! Las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven siéntate conmigo y descansa hijo mío.
Y el hombre se sentó junto al árbol, cerro los ojos y descanso en paz.

Ésta puede ser la historia de cada uno de nosotros.
Cuando somos niños, jugamos y pedimos a nuestros padres atención continua. Cuando crecemos nos alejamos de ellos y un día nos vamos. Sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas.

La misión de ser padres tiene, a veces, momentos difíciles pero la felicidad que nos devuelven los gratos momentos son impagables.